PERDONAR NO ES FÁCIL, PERO ES POSIBLE Y CONVENIENTE

La necesidad del perdón

Solemos compartir con muchas personas de diferentes orígenes o ideologías determinados valores comúnmente aceptados en nuestra sociedad y es frecuente que coincidamos en los deseos y aspiraciones de paz, de libertad, de igualdad y de progreso. Podemos afirmar unos derechos humanos universales, y hasta podemos hablar del amor, aunque no siempre queramos decir lo mismo. Sin embargo, lo que no es tan común ni generalizado es hablar del perdón. Muchos prefieren insistir en la justicia, y no pocos defienden la venganza para ajustar cuentas y alcanzar la tranquilidad mental.

Por nuestra parte, hemos de decirlo claro y pronto desde nuestras convicciones morales inspiradas y sustentadas en los principios de la doctrina espírita, afirmamos que una vida plena en todos los órdenes y que satisfaga las demandas de nuestra conciencia, requiere que tengamos la voluntad y la disposición para perdonar y de hacerlo cuando sea propicia la ocasión, con humildad, sinceridad y generosidad. Olvidar y perdonar es imprescindible para llevar una vida tranquila, sosegada y equilibrada, para tomar las mejores decisiones en el día a día y mirar de cara al futuro sin sentirnos atados al pasado.  

Perdonar no es fácil.

     La dificultad para perdonar es innegable y todos la hemos experimentado. Cuando entra en juego el mundo de los contactos personales, con su complejidad y la carga emocional que ponemos en ellos, no es fácil pasar página ante una afrenta. Y esto se aplica igual a las relaciones que más apreciamos –el golpe que nos da alguien a quien amamos- o a las más conflictivas –el golpe que nos da alguien con quien nos vinculan circunstancias de la vida cotidiana, como las experiencias laborales o vecinales-. En ambos casos perdonar es difícil. En el primero y más íntimo, porque el dolor causado suele ser muy profundo. En el segundo, porque entonces falta motivación para solucionar el conflicto y podemos quedar instalados en el rencor.

Podría parecer paradójico, pero el acto de perdonar no depende solo de la voluntad del agraviado. Hay personas que quisieran pasar determinadas páginas, y sin embargo vuelven a ellas sin dejar de recordar las ofensas. Sin percatarse de las consecuencias, no consiguen olvidar ni desalojar de su mente los pensamientos tóxicos de odio y venganza que la envenenan, y llegan a convertirse en algo obsesivo que impide recuperar la paz y el equilibrio. Sin embargo, la lección es clara y debe ser aprendida en alguna de estas opciones: en la escuela del amor o en la escuela del dolor. En una, la persona resuelve avanzar en el proceso de ir olvidando lo sucedido y de considerar al otro como digno de su compasión hasta que otorga el perdón definitivo. En la segunda alternativa, se mantiene atada a los recuerdos negativos del pasado sin ser capaz de alejar de sí el daño sufrido y puede quedar atrapado en las redes de la neurosis y otros trastornos. Reiteramos: el camino del perdón es difícil, pero es el camino.  

El perdón es posible.

Pese a la sucesión de vicisitudes y dificultades, hay que insistir en que es posible perdonar. Probablemente lo hemos experimentado alguna vez. Aunque cueste la reconciliación –caminar junto con quien te ha lastimado- hay que perseverar en esta actitud hasta que se haga realidad y dejar de estar sujetos a las dañinas presiones del rencor o la venganza. Para conseguir tal propósito ayuda mucho que seamos capaces de ponernos en el lugar del otro, entender sus motivaciones y lo que les lleva a actuar de determinadas maneras, así como reconocer nuestras limitaciones y fallas morales. Es necesaria, en fin, la lucidez para ver la viga en el ojo propio antes que la paja en el ojo ajeno.  

Claro está, y no se puede soslayar, que a veces se producen viles y escandalosos comportamientos que nos estremecen por su grado insólito de ruindad o perversión, ante los cuales no sabríamos con plena certeza si seríamos capaces de perdonar.  Pongamos atención a un episodio terriblemente sórdido acontecido en el siglo veinte. Todavía está reciente en nuestro recuerdo y suponemos que en la memoria colectiva, el caso del ingeniero austríaco Joseph Fritzl, que encerró en un sótano y violó sistemáticamente durante 24 años a su hija, con la que llegó a tener siete hijos-nietos. El denominado “monstruo de Austria” fue condenado en 2009 a prisión perpetua acusado por múltiples delitos de secuestro, violación, incesto, asesinato y esclavitud, aunque en 2022 el Tribunal aprobó trasladarlo de la unidad especial para criminales dementes a una cárcel normal. Inevitablemente una pregunta clama a nuestra conciencia íntima: ¿Puede perdonarse algo así? Honestamente, es complicado pronunciarse y, en cualquier circunstancia, quienes tendrían que responder a esa cuestión serían las víctimas de semejante aberración.

Hay tantas historias horribles en nuestro mundo que hablar ligera o alegremente de perdonar nos convoca a hondas meditaciones. ¿Perdonar a quienes se enriquecen a costa del trabajo infantil? ¿A los que secuestran a menores desprotegidas para prostituirlas? ¿A quienes manejan el negocio de la droga y labran imperios a costa de destruir innumerables vidas? ¿A los fanáticos fundamentalistas que esclavizan a las mujeres y las privan de todos sus derechos? ¿A los tiranos que sojuzgan a sus pueblos, apelan al terror y a la tortura, y provocan enormes y desgarradoras diásporas? ¿A los genocidas que desencadenan invasiones armadas con el fin de satisfacer sus ambiciones territoriales y expandir su poder? Conviene aquí puntualizar que el acto de perdonar no suprime la necesidad de hacer justicia ni exime de responsabilidad al culpable. Y ante la justicia de Dios todos hemos de responder por nuestras acciones y habremos de recibir conforme a lo que merecemos. Desde nuestra limitada perspectiva humana, nos reafirmamos en nuestra visión de que perdonar es posible, aunque no es fácil, y en ningún caso implica cerrar los ojos ante el mal ni actuar como si nada hubiese ocurrido.   

Es cierto que la mayoría de las situaciones conflictivas que nos afectan tienen más que ver con experiencias de la vida cotidiana, desatadas a partir de malos entendidos, desafortunadas discusiones, incumplimientos de la palabra empeñada, infidelidades, calumnias, comentarios inoportunos que lastiman, abusos laborales o engaños y decepciones de las más diversas. En todas estas circunstancias, propias de la condición humana y resultado de nuestras falencias morales, creemos que son más fácilmente superables las heridas, los resentimientos o los ánimos de revancha, si se tiene la disposición apropiada para perdonar o solicitar ser perdonados. Naturalmente, junto a este proceso mental y emocional que demanda introspección y esfuerzo por parte del ofendido, es de suma importancia que se active un intercambio personal para que el culpable exprese su arrepentimiento.

Siempre hemos de asumir que todos tenemos nuestra particular historia, asociada a errores de distinta naturaleza y gravedad, sea en la existencia actual o en las anteriores, por lo que no deberíamos ignorar la significación y relevancia de perdonarnos a nosotros mismos, para lo cual debemos estar abiertos a la autocrítica honesta y constructiva que nos conduzca a reconocer tales equivocaciones y experimentar un sincero arrepentimiento. La máxima que nos exhorta a perdonar para ser perdonados es de una incuestionable sabiduría, y por eso se la encuentra en las más preciosas enseñanzas trasmitidas por todos los reformadores espirituales que han iluminado el sendero de progreso de la humanidad, comenzando por Jesús de Nazaret, admirable maestro de la verdad, del perdón y del amor.  

Los beneficios del perdón

El perdón constituye un acto sublime de amor, una actitud superior ante los demás y la misma vida, y se vincula directamente con la felicidad. Ante las ofensas o los perjuicios que nos han sido causados, quedarse anclados en el rencor o en la venganza y negarse a olvidar y perdonar, es impropio de las personas maduras y buenas. Hay mucha evidencia proveniente de la práctica clínica de la psicología y la psiquiatría que confirma lo saludable que es pasar página y dejar atrás los conflictos que alteran nuestro bienestar psíquico y físico en detrimento del equilibrio interior y de unas provechosas relaciones sociales.  Toda acción sincera de perdonar beneficia el funcionamiento del corazón, reduce la tensión nerviosa, fortalece el sistema inmunológico, controla el estrés y regula los diversos ritmos vitales.

En definitiva, sana quien es perdonado, pero sana también quien aprende a perdonar.

La recomendación espírita del perdón   

No tratándose de un recetario contentivo de sencillas o genéricas afirmaciones, al estilo de un manual de autoayuda, la filosofía y la ética espíritas proporcionan conocimientos y reflexiones esenciales acerca de nuestra vida, y de las vidas que la han precedido y de las que seguirán después de la muerte, colocando al espíritu inmortal como eje transversal de un inconmensurable proceso palingenésico que se inserta en el marco general de la evolución particular y universal.

El estudio de la reencarnación y de sus consecuentes relaciones de causas y efectos, así como de los procesos de obsesión espiritual frecuentemente vinculados a la acción de seres desencarnados movidos por afanes vengativos, y la propia inferioridad moral de la mayoría de los seres humanos en quienes predomina el egoísmo y el orgullo, amplía las fronteras de las ciencias de la salud e incorpora elementos terapéuticos de singular importancia y comprobada eficacia conforme a los resultados obtenidos.      

Es en este contexto, no solo psicológico o clínico sino también espírita, que abordamos la necesidad y significación del perdón. Hemos de advertir que cualquier enseñanza de este tenor no debería quedarse en la repetición de meras palabras bonitas, que podrían lucir como expresiones retóricas o edulcoradas, pero que en definitiva pierden su razón y su valor si no se concretan en la práctica cotidiana, que es lo esencial y auténtico. De lo que se trata es de aplicarlas y de este modo robustecer el intransferible esfuerzo interior en el que debemos esmerarnos y que habrá de conducirnos a ser mejores seres humanos, encarnados y desencarnados, más saludables y fraternos, conscientes de que compartimos un destino evolutivo común y que hemos de progresar inexorablemente hacia la conquista paulatina de más elevadas cotas de espiritualidad.

Jon Aizpúrua

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