SABER ENVEJECER

“El arte de la vida consiste en hacer de la vida una obra de arte”

Gracias a los avances de la ciencia, el ser humano aumenta de forma continua sus expectativas sobre la edad que puede alcanzar a vivir. Impresionan los datos: en 1800 el promedio de vida en el mundo no llegaba a cuarenta años, ahora, uno de cada dos niños que nace llegará a ser centenario. Y esto, para entenderlo debidamente, hay que colocarlo en el contexto del crecimiento de la población en el planeta. En 2023 pasamos de 8000 millones de habitantes y en apenas tres décadas se alcanzará la cifra de diez billones. Semejante incremento trae consigo consecuencias de todo orden, demográficas, económicas, sociales, políticas, sanitarias, educacionales y, no menos importantes, las de naturaleza psicológica o espiritual.

Por estos números y otros que ofrecen los estudios sobre las poblaciones, se puede asegurar que la vejez ya no es un período limitado y breve reservado a una franja minoritaria de la sociedad, sino que constituye un largo y completo estadio en el camino de la vida, aunque no por ello deba tenerse como un objetivo en sí mismo el solo hecho de permanecer más tiempo en la tierra, puesto que lo realmente significativo y hermoso es hacer todo lo posible para vivir muchos años a plenitud. Una expresión de uso frecuente refleja muy bien esta idea: “No se trata de darle más años a tu vida, sino de darle más vida a tus años”.

Posiblemente fuera este el mensaje que quisieron trasmitir los griegos antiguos cuando crearon el mito de la inmortalidad sin lozanía protagonizado por el joven Titono, para quien Eos, su amante, consiguió de los dioses la vida eterna, pero olvidó pedirles que siempre le acompañaran la belleza y el vigor, condenándolo a marchitarse interminablemente. En verdad, ejercitar el arte de vivir implica aprender a envejecer y esto se consigue cuando nos aceptamos como somos y de la edad que somos con total naturalidad, y nos disponemos sobre esa base a disfrutar de la vida con buen ánimo, alegría y entusiasmo. Vale la pena recordar que en su escuela de Crotona el sabio Pitágoras enseñaba a sus discípulos el arte de vivir la vejez diciéndoles que “una bella ancianidad es la recompensa de una bella vida”.

La edad no puede ni debe ser criterio de exclusión. Las funciones cognitivas, la creatividad, la experiencia y la estabilidad emocional cobran mayor peso según avanza la existencia. En países muy adelantados, forzar la jubilación a los 70 años de edad de un catedrático universitario, de un científico, un magistrado, o de un profesional de cualquier área, constituye un mayúsculo error. Su valía no puede medirse de una manera tan simple, pues lo realmente importante deviene de ser o no ser útil y eficiente. Son innumerables los casos de personas de la denominada “tercera edad” que demuestran con su lucidez mental y su brío que se hallan en magníficas condiciones para la realización exitosa de las actividades productivas o recreativas que desean llevar a feliz término, dejando sin vigencia los rancios clichés de septuagenarios y octogenarios llenos de achaques y severamente disminuidos. A esas edades queda mucha vida por delante y mucho por hacer. Esto no es un concepto nuevo aunque suele ser olvidado en sociedades como las actuales en las que se menosprecian los saberes del anciano y se concede preferencia a los ordenadores. Quizás nadie como Marco Tulio Cicerón, sobresaliente político, jurista y filósofo de la Roma precristiana, haya expuesto con mayor brillo y lujo de aciertos las virtudes y cualidades de las personas mayores, como lo hiciese en su tratado De Senectute, conmovedora exaltación de esa etapa vital.  

Por supuesto, no podemos negar que con el paso del tiempo merman determinadas condiciones físicas y psíquicas, pero en compensación nuestra visión del mundo cambia para expandirse y lo que se va perdiendo en fuerza y vitalidad se va ganando en reflexión, experiencia y autoridad. Como es obvio, esta valoración guarda relación con nuestra actitud mental, con nuestra filosofía personal, con nuestras convicciones acerca del ser y la finalidad de la existencia. Y aunque parezca un lugar común, es cierto que la juventud, más que un tiempo de la vida, es un estado del espíritu. En cierta ocasión Picasso escribió que “cuando se es joven de verdad, se es joven para toda la vida”, y ciertamente, todos hemos conocido septuagenarios, octogenarios y hasta nonagenarios gozosamente jóvenes y felices. Viejo es, en definitiva, aquel que considera que su tarea está cumplida y terminada, y en consecuencia, se levanta sin metas y se acuesta sin esperanzas.

Saber envejecer constituye una demostración de madurez emocional y espiritual, y es el fruto de un aprendizaje continuo que nos lleva hacia la armonía mediante el disfrute sereno de las diversas circunstancias que nos rodean, aún las más difíciles y amargas, las cuales han de ser aceptadas y asumidas con entereza y dignidad sin que ello signifique renunciar a la disposición de superarlas. Un antiguo proverbio zen nos ofrece un excelente consejo: “Nichi nichi kore kojitsu” (Cada día es un buen día). La vejez llega, nada puede impedirlo, pero de cada uno de nosotros depende recibirla con alegría o con tristeza y vivirla o no a plenitud.

Y hablando de consejos, cuando de envejecer en buenas condiciones físicas y psíquicas se trata, conviene tener en cuenta ideas como las siguientes:

No se ha de priorizar el pasado.

El pasado es lo que fue y ya no se puede regresar a él. Has de tomarlo en cuenta para aprender de lo sucedido, pero debes vivir en el presente y pensar en el porvenir con razonable optimismo. Sostiene la prestigiosa psicóloga chilena Pilar Sordo que la vejez llega cuando los recuerdos se imponen a los proyectos.

Alcanzar la paz interior.

En medio de amargas vicisitudes, del caos, de los conflictos, del dolor o del desamor, mantén la calma, no pierdas la alegría y sé refugio para ti mismo y para los demás. La paz interior es una formidable conquista espiritual, sumamente saludable, y es la mejor demostración de tu forma de ser y de vivir. A lograrla contribuyen la reflexión y la meditación, así como el cultivo del hábito de la lectura, en particular de los buenos textos, de aquellos que instruyen, orientan y divierten, nutriendo tu afán de saber.

Ejercitar el cuerpo.

Es necesario realizar ejercicio físico con regularidad, adaptado a las condiciones y posibilidades de cada quien. Bien se conoce ya que la movilidad corporal previene la aparición de numerosas enfermedades y mejora el bienestar físico y mental. Trabaja hasta que puedas, sea con las manos o con la mente. Esa es una poderosa demostración de dignidad que te ha de proporcionar grandes satisfacciones y aumentará la impresión de sentirse vivo y de ser útil a la sociedad. El mayor bien deriva de una mente sana en un cuerpo sano, por lo que debes obrar en consecuencia con este principio.

Hacer del amor el impulso vital.

Ama tu vida y a la vida en general. Ama a las personas que te rodean, comenzando con las más cercanas con quienes existen vínculos de consanguinidad o de afinidad, y prosigue ampliando paulatinamente el radio de acción de tus sentimientos, y sé capaz de encontrar en la felicidad de los otros tu propia felicidad. No es cierto que se deja de amar cuando se envejece, sino que se envejece porque precisamente se deja de amar. El amor sentido y experimentado en el trajín de cada día es el fundamento de un código moral personal, familiar y social, que se traduce en la práctica incondicional del bien, en la honradez, en la generosidad, en la solidaridad, en la vivencia de la fraternidad universal.    

La doctrina espírita se enfoca en esta línea del pensamiento positivo, impulsada por las nuevas tendencias de la psicología contemporánea. Su filosofía, eminentemente racionalista y humanista, nos hace comprender que somos espíritus en perenne proceso de crecimiento, maduración y evolución, y este concepto luminoso se halla espléndidamente resumido en el conocido apotegma kardeciano: “Nacer, morir, renacer y progresar sin cesar, tal es la ley”. Hemos sido y volveremos a ser, en cada existencia, niños, jóvenes, adultos y ancianos, en tanto que fases transitorias e indispensables que se replican incesantemente a lo largo y extenso del proceso palingenésico, del cual siempre emerge victorioso el espíritu inmortal. Conscientes, pues, de nuestra realidad y trascendencia espiritual, asumamos con tranquilidad las circunstancias de nuestra particular cronología, seamos de la edad que somos con honestidad y sin concesiones al fingimiento y aprovechemos las fortalezas de las que disponemos respetando los ritmos propios de cada edad. En la manera como encaremos la vejez, estará la diferencia entre sobrellevarla de manera resignada y mustia, o vivirla y disfrutarla con calidad y felicidad.

Jon Aizpúrua

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